ESPERANZA, A PESAR DE TODO

En mi anterior columna de este Caimán depredador les dije que les contaría a ustedes dónde pongo la esperanza, a pesar de que esta pandemia/sindemia amenaza con llevárselo todo por delante. Fíjense en la marcha de esta segunda ola, la que tiene a los países más arrogantes de la Europa moderna (esa que nos mandaba a los «hombres de negro» a nuestra casa) verdaderamente asustados ante una Navidad en la que «el bicho» sigue jugando al ratón y al gato con todos nosotros. No hay más que ver las estadísticas de muertos e infectados para que nos preguntemos hasta dónde quiere llevarnos.

Pues bien, sabiendo que la catástrofe  sanitaria es gigantesca, pero ignorando cuánto vamos a tardar en frenarla, de lo único que tenemos conocimiento es de una cosa: que la sindemia, (que es sanitaria y que es económica) nos va a dejar una impresionante ola de empresas cerradas por todo el mundo, y da igual que estén ubicadas en el llamado «mundo libre» como en el otro: este caimán pandémico quiere comerse todo lo que se mueva, sea de izquierdas o de derechas, y sea rico o sea pobre.

En esta circunstancia baso mi reflexión sobre la esperanza: no puede haber ya salvación para los de siempre; ahora tenemos que salvarnos todos. Por eso decía Joaquín Estefanía en El País del domingo pasado que lo de administrar la vacuna primero a los países ricos es de torpes e imbéciles. En conclusión: hay que cambiar de raíz la estructura política, económica y ecológica de esta sociedad global construida de forma monstruosa por un sistema que tiene que regenerarse profundamente.

Por eso, tras la crisis que acompaña a esta pandemia/sindemia, creo que llega la hora de los emprendedores. ¿Saben quiénes son os emprendedores que ahora se necesitan? Los que han hecho productos de calidad, inteligentemente construidos y empresarialmente bien organizados (sean grandes empresarios, sean pequeños o artesanos). Y los que, tras las ruinas económicas, aparecerán cada vez con más fuerza, se desarrollarán y se pondrán manos a la obra para rehacer y reconstruir una sociedad basada en la creación y reinvención de un sistema productivo y empresarial renovado que irá reconvirtiendo al ejército de parados que nos deja esta pandemia (hija de la ambición sin límites y la corrupción más absoluta) en ciudadanos recuperados, integrados en un contrato social nuevo que devuelva la esperanza y la equidad a tantas familias expulsadas del horror anterior.

Esos emprendedores existen. Es cierto que son una minoría, pero tienen tal fuerza creadora que serán el impulso de ese sistema nuevo que tiene que surgir a partir de ahora, aunque sea por propia supervivencia.

Seguiremos hablando en otras columnas sobre los diversos aspectos de esta revolución no violenta, que solo será posible si cambiamos las ideas que el viejo capitalismo salvaje nos había metido a todos en el cuerpo por otras nacidas tras la lección de esta pandemia.