CANCIONES PARA UNA GUERRA INVISIBLE

Permítanme unas letrillas de canciones y algo de sorna para sacar adelante esta columna que tengo atascada, porque, solo con la zozobra que me invade cada vez que escucho a la «comunidad científica», me rilo las patas abajo, como diría un jabeño que yo conozco.

Ahora que estaba yo que no cabía de gozo, porque, dentro de la desgracia, se vislumbraba una nueva era en la que el mercado dejaba de ser el único dios verdadero y volvía la nacionalización de la banca, la desprivatización de lo que han regalado las ratas de la política a los más golfos y hasta una reforma agraria, van los sabios de la ciencia y dicen que la película no va a tardar dos meses ni cuatro ni seis, sino que puede demorarse entre uno y dos años hasta que pueda dominarse al bicho. Menos mal que la susodicha comunidad hay veces  que ni es comunidad ni es científica; acuérdese del mambo que nos bailaron con la energía nuclear, que parecía la yenka: que si sí, que si no, para, al final, ocultar el verdadero alcance del uso pacífico de aquella energía. Ahí están Chernobyl y Fukushima.

Bueno, pues a lo que iba: que en ese estado de gozo que les contaba por la llegada, al fin, de lo público, sin ratas que se lo lleven crudo, ni solchagas ni boyeres o esperanzas aguirres que lo privaticen, nos dicen los hombres de ciencia que tenemos por delante un año o dos más en estas condiciones… ¡y ahí es cuando me alarmo! ¡Un año entero sin ver el futbol y sin poder ir a los bares es mucho más de lo que puede aguantar todo honrado padre de familia! El carajal que aquí se puede montar corre el riesgo de que el paraíso de lo público tenga que volver a esperar. Y, en esto, me llega un envío de esos que circulan ahora que dice «Resistiré» (Dúo Dinámico), «Y ya no puedo más» (Camilo Sexto) y «Se acabó» (María Jiménez). Por ponerme un poco romántico – y dramático – me acuerdo de aquellas palabras de Ilsa a Rick en la peli de «Casablanca»: «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos». Luego, entre canciones y cine, me acuerdo de Garci y de Pepe Sacristán en «Volver a empezar». Todo ello, claro está, si esta guerra entre el enemigo invisible y la comunidad científica nos recorta un poco el tiempo de este encierro para que no se nos pase el arroz, que ya huele a socarrat.